Con un cañaveral como escenario, este mural portátil presenta las tensiones laborales y raciales así como las causadas por desigualdades, que bullían en el México posrevolucionario. En primer plano, una mujer indígena, con sus trenzas tradicionales y su ropaje blanco de campesina, cosecha papayas de un árbol mientras sus hijos reúnen los frutos en canastas de carrizo. Atrás, hombres encorvados de piel oscura recogen atados de cañas de azúcar. Un capataz, de piel y cabello más claros, los vigila montado en su caballo; en el fondo, un hacendado pálido languidece en una hamaca. En este tablero, Rivera adaptó las ideas marxistas acerca de la lucha de clases —una interpretación de la historia nacida en la Europa industrializada— al contexto de México, país primordialmente agrario hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
Caña de azúcar se basa, a grandes rasgos, en un tablero de la serie de murales de Rivera en el Palacio de Cortés en Cuernavaca, México. La diferencia más notoria con respecto al primer mural es el grupo familiar que se añade en el primer plano del mural portátil. Este detalle contrasta con la escena cruel que se desenvuelve en el plano medio y en el fondo de la obra. No obstante, los comentaristas en la prensa estadounidense de inmediato reconocieron el mensaje político en la pintura y subrayaron el "trabajo incesante" captado en la obra.

Antecedentes del tratamiento que campesinos y trabajadores reciben en Caña de azúcar, se encuentran en tableros en la Secretaría de Educación Pública, cuya serie mural comenzó Rivera en 1923. En esa época, los espectadores no estaban habituados a ver a los indígenas mexicanos como tema digno de las bellas artes, y muchos protestaron airadamente ante las representaciones a gran escala de las figuras indígenas en los frescos de Rivera.

Considerados aisladamente del resto del tablero, la mujer y los niños en Caña de azúcar parecieran invocar una visión pintoresca de la vida rural. Recuerdan otras obras donde Rivera promovió una imagen benigna y folclórica de México. Óleos sobre telas, como Día de flores, que obtuvo el premio de adquisición en la First Pan-American Exhibition of Oil Paintings (Primera Exposición de Pinturas al Óleo) en el Los Angeles Museum of History, Science, and Art (Museo de Historia y Ciencia de Los Ángeles, hoy conocido como Los Angeles County Museum of Art [Museo de Arte del Condado de Los Ángeles]), atrajo a coleccionistas estadounidenses pero causó el enfado de críticos de izquierda que cuestionaron el compromiso político de Rivera. En Caña de azúcar, la familia indígena, aunada al retrato crudo de las prácticas laborales injustas, revela que el sistema agrario mexicano no sólo explotaba a los hombres indígenas sino también a las mujeres y niños.

En Caña de azúcar, Rivera enmarca su composición como si estuviera vista a través del visor de una cámara. Por ejemplo, los cuerpos de las trabajadoras en el extremo inferior de la obra están cortados justo debajo de la cintura, dando así la impresión de que el tablero presenta sólo un fragmento de una composición de mayores dimensiones. El recurso de "recortar" las figuras tal vez se derivara del contacto de Rivera con fotógrafos y cineastas. Sostuvo una larga amistad con Tina Modotti y trabajó con el cineasta soviético Sergei Eisenstein en su obra maestra inconclusa ¡Que viva México!.
